sábado, 12 de julio de 2014

Por Modesto Montoya.

En los años 50, los colegios privados eran mayormente para los jalados en los colegios estatales, los que escogían sistemas extranjeros de educación, o los de tendencia religiosa.

En las universidades estatales estaban los hijos de ricos. Raros eran los hijos de obreros. Incluso había una entrevista personal que eliminaba a los jóvenes “sin buenos modales” o “faltos de cultura”.
Los profesores tenían remuneraciones elevadas. En el primer año de trabajo ya podían comprarse un auto del año y una casa a crédito o un terreno para construirla en 2 años.

A mediados de los 60 se introdujo examen por computadora, el que terminó con la discriminación. Hijos de notables no pudieron ingresar. Los primeros puestos era hijos de obreros, meseros y vendedores ambulantes. Los ricos se trasladaron a las pocas universidades privadas.

Así, en los años 70, se establecieron dos mundos universitarios totalmente disimiles.

Con las jugosas pensiones, las universidades privadas empezaron a mejorar su infraestructura. De edificios aislados por terrenos polvorientos pasaron a modernos edificios separados por jardines.

Las universidades estatales fueron abandonadas por el Estado (administrado por los grupos de poder económico). Sus edificios no fueron renovados. Sus laboratorios se volvieron obsoletos. Las remuneraciones de los profesores no alcanzaban para subsistir. Estos se vieron obligados a enseñar en una universidad estatal que le daba prestigio y en dos o tres universidades privadas.

En los años 90, alumnos sin recursos pero emprendedores vieron que la educación se convertía en un negocio como cualquiera. El Estado apoyaba la idea. Los empresarios invirtieron en centros de educación. Los empresarios pobres crearon universidades para pobres y los ricos para ricos.

A fines de los 90, había ya antiguos profesores de academias de preparación, de origen popular, que se convirtieron en millonarios.

En el siglo XXI quedó claro que la educación era un gran negocio. Los banqueros crearon colegios y centros educativos “innovadores”.

Los empresarios mineros vieron que la educación podía dar más que las minas. Crearon su universidad.

Un banquero incluso compró por 150 millones una universidad primigeniamente dirigida a la clase media baja.

Un antiguo hijo del campo se convirtió a su familia en un nuevo grupo de poder, y empezó la pugna por el poder político.

Los hijos de la clase D y E, en su mayoría condenados a empleos subalternos, siguieron con los mismos empleos. No les importaba: tenían grados universitarios. Eso les levantaba su estima. Sus “cartones” los colgaban en su sala, junto al televisor.

En esa realidad sale una ley universitaria que no cambia en nada las universidades “emblemáticas”, pero corta el paso a nuevos emergentes que “quieren usar sus universidades como cajas chicas de partidos políticos”.

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