sábado, 5 de julio de 2014

Los niños son el público más exigente, comete un error y perderás su atención.
Hablar a los más pequeños y no fracasar en el intento, es una de las tareas más difíciles a las que un orador puede enfrentarse. Si eres profesor y lo vives cada día sabrás que no miento.


1. Se breve y claro
Recuerda a quién hablas, cuanto más claro y conciso mejor. Es usual que los profesores en la inmensidad de nuestro ego nos adornemos con explicaciones preciosistas, pero a mí, que soy un niño:” ¿qué me estas contando? Profesor no entiendo lo que estás diciendo.”
La capacidad de comprensión de un niño no es la misma que la de un mayor, adapta tu discurso a ellos, porque ellos no pueden adaptarse a ti para entenderte.

 2. Contacto visual
No pierdas de vista a tus alumnos, si lo haces ellos perderán la atención.
Si hablamos mirando al libro, a la pizarra, al suelo, a las mesas incluso a aquella grieta del techo del aula que hay que reparar, no conectaremos con nuestros alumnos. Mira a tu público, reparte la mirada entre sus ojos. Inclúyelos en tu discurso. No olvides porque estás ahí. Estás hablando por y para ellos.

3. Aprovecha el silencio, ¿vale?
Cuando escuchamos una frase que acaba con un silencio de varios segundos, nuestras alarmas se encienden: “eh, cuidado, ha dicho algo importante”, y a partir de ahí reflexionamos sobre esa última frase seguida de un silencio. Sin embargo, en muchas ocasiones, los profesores acabamos, con un “ vale?” , “ ok?” , “entendido?” y muchas más muletillas inútiles que tantas veces has oído. Se te pueden escapar alguna vez, no pasa nada, pero si lo haces continuamente tras finalizar las frases importantes, tu mensaje perderá fuerza.

4. Yo digo “¿vale?” para saber si lo han entendido
No me engañes, tú sabes lo que están pensando tus alumnos solo con ver sus caras. Como nos cuenta Gonzalo Álvarezlos rostros son el barómetro del interés de nuestro público.
Si tenemos en cuenta la reacción de la audiencia nos permitirá ajustar nuestra actuación. Explicar conceptos que sabes que no han quedado claros desde un punto de vista distinto, hablar más despacio, cambiar tu lenguaje por uno más sencillo, etc.

 5. Sube y baja el volumen
No hables en voz alta, ni hables en voz baja, al menos todo el rato. El volumen de tu voz modifica tu mensaje, y como supongo que tu mensaje no es siempre el mismo, ¿no debería ir cambiando el volumen de tu voz según el momento? Los cambios en la voz dan distintos matices a tu mensaje, por el contrario si tu voz es siempre igual acabarás por aburrir.
Varía el volumen de tu voz durante tus clases. Por ejemplo usa un volumen bajo, cercano al susurro, para provocar curiosidad o uno más alto para enfatizar lo más importante. Prueba, experimenta con tu voz y observa a tu audiencia, ¿qué te da a ti mejor resultado?

 6. Escucha si quieres aprender
Como nos dice Javier Megias  Podemos aprender y mucho de los más pequeños. Recuerda que eres profesor, no un monologuista durante una hora de clase. Imagina que tienes 8 años y que un profesor habla durante una hora sobre un tema que te interesa poco y que no entiendes demasiado, ¿no desconectarías tras unos minutos? Déjales participar, provoca que participen, que se sientan protagonistas, tus alumnos pueden aportar mucho a tus clases.

7. Si yo quiero que hablen, pero se quedan callados
Lo sé.  Pero háblales de algo que les guste y no podrás hacerlos callar. Como dice Ken Bainen su libro lo que hacen los mejores profesores universitarioslos mejores profesores provocan que sus alumnos hablenRelaciona el tema con algo más apetecible. No significa que esto se convierta en el patio de recreo, pero intercalar la participación de los alumnos sobre alguna cuestión que les interese, durante la clase no hará que pierdas tiempo, si no que ganes aprendizajes tú, los conocerás mejor, y tus alumnos al compartir lo que piensan.

8. Nunca digas” ¡mal!”, si preguntas, y la contestación no es correcta
Cuidado al corregir las contestaciones de los alumnos. Los niños son muy sensibles y si les hacemos pensar que lo han hecho muy mal, es posible que minemos su confianza y no vuelvan a intentarlo. Si su respuesta es errónea no podemos “castigarlo” diciéndole lo mal que lo ha hecho. Mejor indícales que se puede mejorar esa respuesta, pero felicítalos por el intento. Apoya su esfuerzo.
Confía en los más pequeños, al fin y al cabo, son los dueños del futuro.

 ¿Y tú? ¿Cómo hablas a tus estudiantes? ¿Cuáles son tus trucos para “enganchar” a los más pequeños?
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